Por MARIA ROMERO
Malos comportamientos, impulsividad incontrolada, fracaso escolar, irritabilidad, falta de atención, retrasos de aprendizaje, regresos a etapas infantiles anteriores, llanto desmesurado, fobias o rabietas continuadas pueden ser la expresión de un conflicto infantil, motivado por circunstancias personales del niño (miedo a crecer, a no ser querido, inseguridades) o de índole familiar (conflictos entre los padres, fallecimientos, neurosis familiar, llegada de un nuevo hermano).
Cuando el niño no es capaz de verbalizar en palabras un conflicto interior acaba exteriorizándolo, pidiendo ser escuchado de otras formas con las que seguro sus padres responderán ,tales como orinarse encima, negarse a comer, faltar el respecto a sus iguales o a sus superiores e incluso suspendiendo asignaturas del curso escolar. La cuestión es pedir auxilio ante un sufrimiento al que el menor no sabe enfrentarse.
La experiencia ha demostrado que los padres son agentes activos en la producción y curación de los trastornos de sus hijos. Los niños se miran en el espejo de sus padres y, al igual que aprenden de ellos conocimientos y habilidades, también, de forma inconsciente, sufren como propias las ansiedades y angustias de alguno de sus progenitores o de ambos.
La madre de Ana se quejaba de su mal comportamiento en el colegio que había provocado hasta tres expulsiones en menos de un mes. Ana insultaba a sus profesores porque a ella no le mandaban ni sus padres, y eso era muy cierto.
Los padres de Ana estaban tan pendientes de hacer feliz a esa hija, que tanto costó concebir, que no podían permitir que la niña expresara llanto o tristeza, les hacia sentir malos padres.
Ana solo tenía siete años y era víctima de una madre, cuyo miedo a quedarse sola había centrado toda su vida, y de un padre que se sentía culpable de trabajar diez horas diarias y trataba de recompensar, a su mujer y a su hija, con las mismas atenciones que le había transmitido su propio padre. La niña necesitaba normas y limites para alcanzar la madurez y los padres ejercer sus funciones parentales, elaborando la angustia que eso les suponía. De lo contrario, la niña podría desarrollar un trastorno adaptativo que la incapacitaría para vivir la vida de forma autónoma y segura.
No existen padres perfectos, tampoco hijos perfectos, aunque podemos aprender a educar mejor. Educar de forma sana no es fácil, requiere de un ejercicio de sinceridad con nosotros mismos en donde aceptemos nuestras limitaciones como personas y tratemos de no meter con calzador a nuestros hijos nuestros propios deseos, insatisfacciones por cumplir y malestares varios. Teniendo esto en cuenta, recurrir a un profesional podría ayudar a solucionar el conflicto que habita en el niño y, en el mejor de los casos, también curar las heridas del / la progenitor/a que sufre.
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