Los tópicos son esos lugares comunes en los que solemos refugiarnos para evitarnos el trabajo de pensar. Y uno de los muchos tópicos que he visto derrumbarse a lo largo de mi existencia es el que nos definía a los abuelos como los grandes consentidores de los caprichos de nuestros nietos.
Dos son, en mi opinión, las causas de la profunda transformación que se ha producido en la función que, sobre todo las abuelas, pero también los abuelos, asumimos hoy respecto a los nietos, si la comparamos con la de nuestros abuelos para con nosotros: La primera es el acceso masivo de la mujer al trabajo fuera del hogar, y que hasta el momento no se ha visto favorecido en España, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de países europeos, con medidas de apoyo que le permitan compaginar maternidad y profesión; y la segunda es la progresiva mejora, tanto en las condiciones físicas como en la preparación, de los abuelos de hoy respecto a los que anteayer fueron nuestros abuelos.
La consecuencia ha sido que, frente a una relación abuelos-nietos, en unos casos distante y esporádica; y en otros próxima, pero mediatizada por la constante presencia de la madre o por la decrepitud prematura de los primeros, y que en ambos casos favorecía que fueran los abuelos quienes complacían los caprichos de los nietos, hemos pasado a una situación en la que los abuelos nos hacemos cargo de los niños de forma autónoma durante una gran parte del tiempo en que éstos no están durmiendo o en la guardería.
No pretendo aquí analizar si este rol de los abuelos es placentero o agobiante; simplemente diré que hay momentos para todo, y que depende además de las circunstancias personales en cada caso, tanto físicas y mentales como económicas. Pero sí quisiera señalar la importancia del reconocimiento de esta situación por parte de todos para que el resultado no termine siendo negativo para los niños, que son lo más importante.
Por un lado, los abuelos no podemos ya estar simplemente pendientes de los niños, y mucho menos acceder a todos sus caprichos, cuando se pasan tanto tiempo con nosotros; por el contrario, debemos recuperar los procedimientos de nuestra época de padres y aplicarlos de nuevo a nuestros nietos con la misma mezcla de cariño, razonamiento y firmeza que utilizamos con nuestros hijos. Actuando así conseguiremos que los niños nos vean como personas revestidas de la necesaria autoridad para organizar y participar en sus juegos; dirigir sus comidas e incluso, cuando sea necesario, sus baños y sus horas de irse a la cama, por no hablar de cuando están enfermos y se quedan con nosotros.
Por otro, es imprescindible la coordinación y el trabajo en equipo con los padres, no ya evitando posibles comentarios de éstos ante los niños que puedan ser interpretados como una desautorización de los abuelos por los pequeños, que siempre están pendientes de lo que hablan los mayores aunque parezcan distraídos; sino además acordando pautas de conducta de unos y otros que eviten actuaciones contradictorias en situaciones similares.
Mi experiencia personal, y lo que veo en el caso de mis amigos, abuelas y abuelos como mi esposa y yo mismo, es que nos enfrentamos a la tarea de atender y cuidar y educar a nuestros nietos con una mezcla de dedicación y responsabilidad que puede a veces llegar a ser agotadora; pero todos coincidimos también en que tiene compensaciones que no se pueden comprar con dinero; desde el rejuvenecimiento físico y mental provocado por los retos a que nos someten los pequeños con sus preguntas y sus demandas, hasta el placer de sabernos queridos y necesitados por ellos, en un modo que yo no recuerdo haber sentido, por desgracia, respecto de mis propios abuelos.
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