
Érase que se era un niño llamado Roberto que tenía piojos. En su colegio se reían, hacían escuchitas y no querían jugar con él por si se contagiaban. El pobre estaba muy triste porque él siempre llevaba el pelo limpio y no tenía la culpa de que los dichosos bichitos escogieran su cabeza.
Así que fue a por la loción anti-piojos a la farmacia. “Será ésta” se dijo, pero… ¡lo leyó al revés! Porque en realidad ponía “crecepelo”. Y entonces ocurrió algo terrible: los piojos bien alimentados por la loción crecepelo empezaron a crecer, y a crecer y a crecer… ¡y a multiplicarse como locos! Familias enteras de piojos daban saltos sin parar sobre su cabeza durante todo el día, hasta que los papás piojo se enfadaban y mandaban a los piojitos a dormir.
La gente, que veía a Roberto con aquella cabeza que parecía tener vida propia, chillaba y corría despavorida. Pero él no se daba ni cuenta, hasta que se miró al espejo y… ¡AAAAAHH! Se llevó un tremendo susto a ver a miles de bichitos patinando y yendo en bici por su pelo. El pobre Roberto volvió a la farmacia y, esta vez sí, compró esencia de árbol de té, un verdadero antipiojos, y tuvo que echarse diez botes para acabar con ellos.
Mientras tanto en el colegio de Roberto, su amigo Héctor había empezado a criar un piojo que se llamaba Cuchurripichi. Cuchirripichi venía de la cabeza de su prima María, que había ido a un campamento de inglés, en el que a su vez había niños de otras ciudades y piojos de otras cabezas.
Como Cuchirripichi no paraba ni un momento, a los pocos días cientos de piojos venidos de todas partes charlaban alegremente y se cambiaban de una cabeza otra en el colegio de Héctor y Roberto.
Los piojos eran muy resistentes y después de pasar por el campamento, sabían también hablar inglés y decían: “Oh, my darling; what a beutiful hair. Ñam, ñam!”.
Así que, los demás niños del cole de Roberto empezaron también a contagiarse de piojos gracias a Héctor y al final, había tantos en todas las cabezas, que en el cole se oía casi hablar más en inglés que en español.
Mientras tanto Roberto había ido a toda prisa a contarle a su profesora que el aceite de árbol de té era un fantástico remedio para los piojos. No le importaba ya que se rieran de él: tenía la solución y quería compartirla con todos porque era generoso, noble e incapaz de guardar rencor.
Gracias al árbol de té que trajo Roberto, los piojos desaparecieron del colegio. Los demás niños ya no volvieron a reírse de él y le dieron las gracias por tan eficaz remedio natural.
Escrito por Berta Esparza, a partir de la idea original de Hono. Dibujos de Hono y Alicia Ruiz Esparza, de 9 y 6 años.
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