
Por Honorato J. Ruiz
Hace ya más de veinte años que imparto clases a chicos y chicas de 12 a 18 años en institutos públicos de la Comunidad Valenciana. Los primeros años, antes de la LOGSE, el tramo de edad correspondiente a secundaria era más reducido, de los 14 a los 18. Esa ampliación hacia la preadolescencia hizo aumentar mi admiración por mis colegas de primaria.
Es irrelevante la asignatura impartida al hablar de la vivencia como profesor. Lo significativo es lo que en el cada vez más críptico lenguaje académico llamamos “atención a la diversidad”. Cuando hoy en día el profesor entra en clase lo que se encuentra es un reflejo de la diversidad y la complejidad de la sociedad actual. Diversidad de sexo y de las distintas maneras de afrontar la relación con el otro; diversidad socioeconómica, aunque las clases acomodadas sean cada vez más infrecuentes en la escuela pública; diversidad de situaciones familiares, todas las que se pueda imaginar; diversidad de orígenes, razas y nacionalidades; diversidad de religiones o de ausencia de ellas; diversidad de capacidades; diversidad de actitud frente a un aprendizaje que es obligatorio y común hasta los 16 años…
En esta realidad, mantener unas mínimas normas de conducta se convierte en el principal objetivo y, a veces, en casos extremos, el único posible. Conseguido esto -que los chavales comprendan lo importante que es escuchar a los demás, al profesor y a sus compañeros, y lo importante que son los silencios para poder leer, trabajar y pensar- es necesario conocer lo antes posible esa diversidad, y saber cómo encararla, cómo poder enseñar “algo” a cada alumno. Tarea titánica, en la que mucho más importante que los conocimientos sobre la propia materia, es la mezcla de elementos pedagógicos y extrapedagógicos que convierten al profesor en una suerte de asistente social, policía, psicólogo, saltimbanqui, mediador, etc.
Esta profesión no es tan vocacional como la gente cree. Tal vez debería serlo o al menos, deberían abstenerse de ejercerla aquellos a quienes cuesta tener empatía con el prójimo, sobre todo si el prójimo es un adolescente. La adolescencia es tránsito, es indefinición, es asumir demasiadas cosas de golpe y decidir futuros cuando aún no se tiene claro ni quién es uno mismo. Aún así, enseñar es una profesión llena de satisfacciones –no desde luego económicas y sociales- pero sí humanas. Realmente sólo hay dos condiciones sine qua non para que tal cosa ocurra: la primera, que el profesor muestre entrega por lo que hace y en eso nuestro trabajo tiene mucho de teatral, de sentir el “feedback” del público; la segunda, tener enfrente a alguien que quiera aprender, con hambre de conocimiento. Nada más absurdo y frustrante que querer enseñar a quien no quiere aprender.
En mi haber de satisfacciones cuento la participación con alumnos y compañeros en proyectos muy diversos, autonómicos, estatales o internacionales de los que guardo muy grato recuerdo; viajes cercanos y lejanos con experiencias muy enriquecedoras; conocer a personas que muchos años después siguen saludándote con afecto y agradecimiento o incluso que, con el paso del tiempo, han trascendido la condición de exalumnos para transformarse en auténticos amigos.
Trabajamos con un material muy delicado: el espíritu y la formación de nuestros jóvenes. Es necesario crear condiciones de trabajo lo más humanas y racionales posible; crear cauces de diálogo entre padres y profesores basados en el respeto y la comprensión mutua; y pedirle a las administraciones menos ocurrencias y más trabajo sosegado de colaboración con los que al final tienen que aplicar en el aula las políticas educativas. Como dijo el profesor José Antonio Marina, utilizando un proverbio africano: “para educar a un niño hace falta toda la tribu”. Conviene que lo recordemos todos.
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