Por Marian Roiz
Toda la vida me ha gustado viajar. Más que gustarme diría que es una pasión tal que incluso en ocasiones me ha llevado a girar toda mi vida en torno a ello. De hecho hubo un momento en el que incluso llegué a plantearme tener o no una familia porque no quería renunciar a mi modo de vida. Hasta que conocí al que es mi marido, otro gran viajero como no podía ser de otra forma, y juntos nos aventuramos a formar una familia con la condición de seguir viajando y no “amuermarnos” como tantos amigos habían hecho.
Cuando veo hoy a mis dos hijos que me llenan tanto y me imagino sin ellos por tamaña obcecación, doy gracias por tomar la decisión oportuna: tenerlos y compartir con ellos esta pasión. Porque es cierto que todo cambió cuando llegó Arancha, pero también lo es que no dejé de viajar; simplemente se impuso otra forma de hacerlo, otras prioridades a la hora de organizar las escapadas, otro tempus… ¡pero qué placer vivir esta aventura con ella!
Luego vino Roberto y nos tocó volver a reajustarnos los cuatro, y ahora que son más mayores, verlos jugar y pelearse en el coche, entrar corriendo a la habitación del hotel para ver qué cama van a elegir, competir para ver quién sabe el nombre de más ciudades, fotografiar lo que más les llama la atención o la naturalidad con la que se desenvuelven en un aeropuerto, me hace sentir muy feliz. Porque creo que además de no renunciar a mi pasión por viajar les estoy regalando un sinfín de vivencias y experiencias que les convertirán en ciudadanos más tolerantes, cultos, abiertos, flexibles…
Ya no me voy un mes a las Antípodas, pero hacemos otros viajes que no están nada mal y que van “complicándose” como a mi me gusta conforme van creciendo. Porque al final son todo-terreno, como nosotros. Y es que el veneno del viajero solo se soluciona de una forma: viajando. ¡Hay tanto por ver, recorrer y descubrir! Y si se comparte con las personas a las que más quieres, mejor que mejor.
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